09.06.2017
Anga es vecino de Alindao, ciudad en la que ha vivido toda su vida. Es cristiano, tiene 32 años y  trabajaba en el matadero de su ciudad. El 11 de mayo de 2017 fue trasladado al hospital de Bambari, ciudad a seis horas en coche de Alindao. Allí, miembros de MSF le atendieron. Le habían intentado cortar el cuello, pero, milagrosamente, estaba vivo. 
 
Algo recuperado, accede a contarnos que pasó el 8 de mayo en Alindao, cuando la ciudad entró en una nueva espiral de violencia, repetición de la cruenta guerra de 2013 y 2014 que asoló el país  
 
“Eran las 7 de la mañana y yo estaba entrando en el matadero donde trabajo cuando escuche varios disparos. Después de una rato y al ver que no cesaban, deje la carne allí y hui hacia la casa de una amigo cristiano banda, la etnia cristiana más numerosa a ese lado de la ciudad. Mi idea era resguardarme allí hasta que los disparos pararan, pero pronto los musulmanes que apoyan a los fulanis comenzaron a llamar a las puertas de los bandas. Iban casa por casa. Escuché que primero les decían a las mujeres y los niños que salieran, que huyeran al bosque, y luego entraban a por los hombres.  
 
Cuando llegaron a la casa en la que yo estaba con varios hombres más, al abrir la puerta dos hombres empezaron a disparar. Me agaché y una bala me rozó la cabeza. A otras personas que estaban en la casa las mataron a tiros. Los atacantes eran doce personas en total, pero solo dos iban vestidos de militares. Los conocía muy bien a todos. Cuando estaba tirado en el suelo, protegiéndome de las balas, uno de ellos se acercó, me levantó la cabeza y me cortó el cuello con un cuchillo. Yo pensaba que me había muerto, pero parece que una parte de mi garganta se salvó y continué respirando. 
 
 
Después del ataque se marcharon pero regresaron para seguir disparando y registrar los bolsillos de los cadáveres, incluidos los míos. Fingí estar muerto. Había perdido muchísima sangre, tenía los ojos cerrados, pero cuando se fueron los abrí y vi que estaban prendiendo fuego a la casa. Entonces conseguí levantarme y huir al bosque, dejando los cadáveres de mis amigos en esa casa. En el bosque pase 48 horas con otros huidos hasta que me atreví a llegar a la iglesia católica de Alindao donde estaba la población cristiana refugiada. La Cruz Roja Internacional llego allí para transportarnos a algunos, los más graves, al hospital de Bambari.
 
Casi todos los miembros de mi familia huyeron en 2013 a Bria, Bangui o a Bangassou. Pero mi mujer y mis cuatro hijas pequeñas siguen en Alindao. Sé que MINUSCA [Misión Interdisciplinar Integrada de Estabilización de Naciones Unidas] llegó días después de los ataques para proteger a las personas refugiadas en la iglesia católica pero cuando me recupere quiero regresar a Alindao para traer a mi familia aquí a Bambari. 
 
Desde la crisis de 2014, Alindao no había vivido este tipo de ataques aunque tampoco nos fue una sorpresa. Desde que llegaron los fulanis la situación se había desestabilizado por los enfrentamientos de este grupo con las autoridades musulmanas”. 
 

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