25.05.2017
Médicos Sin Fronteras ofrece atención en salud mental a víctimas directas e indirectas de la violencia en la mayor parte de sus proyectos en México. Para visibilizar el impacto y las consecuencias de la violencia en la salud, les presentamos una serie de testimonios recabados por nuestros equipos y otros testimoniales de los propios pacientes.
 
Los nombres y los lugares han sido cambiados para proteger la confidencialidad debida a los pacientes.
 
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T E S T I M O N I O

 
“A ver, explíqueme una cosa: ¿el bebé va a ser mi hijo pero también va a ser mi hermano?” Estar frente a Clavel es no tener claro si se está ante a una niña o a una mujer. Su pequeño cuerpo de 12 años de edad, frágil todavía, se prepara y habilita para el nacimiento de su primer hijo.
 
En su acusada expresión melancólica—mirada triste, ojeras pronunciadas, sonrisa tímida, hombros agachados—se cuela un dejo de esperanza. Todo cambió cuando por primera vez se me movió en la panza; le empecé a hablar y ahora le tengo cariño. Le canto. Lo espero. Siento que lo quiero. Sonríe. Su rostro se ilumina, se atempera su tristeza. Toda ella, en un segundo, es transformada por el surgimiento de un amor que la sostiene ante la violencia sexual, severa y cotidiana a la que ha sido sometida durante meses por el agresor. 
 
Sobrevivir. Salvarse a sí misma. Salvar a este hijo. Dejar de estar enojada con el mundo. Son los primeros objetivos que, con impresionante claridad, Clavel se plantea horas antes de la cesárea prescrita como la única medida para superar su embarazo de alto riesgo. Entre las cuatro paredes de este consultorio, la niña que enfrenta los retos de una mujer que asiste antes a una operación con el escalpelo de las palabras.
 
Con franqueza y libertad pregunta y se pregunta sobre lo que nunca ha tenido respuesta. Habla sin derramar una lágrima—pero no sin sensibilidad en las inflexiones de su voz—sobre cómo aquel demonio la amenazaba para que no contara que la agredía. Sobre cómo violentaba a su propia madre frente a la mirada aterrada de ella y sus hermanos más pequeños, sobre cómo probablemente tiene acceso a armas y drogas, sobre cómo se apagaba su fuerza cuando forcejeaban y la apretaba de brazos y piernas cada noche, asfixiando con sus manos toscas sus gritos de auxilio. 
 
Por fin, después de mucho tiempo, tiene oportunidad de nombrar una condena generacional. Tres generaciones de mujeres de la familia violentadas severamente en su pueblo de origen y en la ciudad. Así nacimos, por eso dejamos de sentir. Y no, ya no tengo miedo.
 

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